Roser Bru: memoria, exilio y grabado en el arte chileno

La reciente exposición “Roser Bru, de norte a sur” reabre la conversación sobre una artista fundamental del grabado, la memoria y la identidad en Chile.
Durante 2026, la obra de Roser Bru volvió a ocupar un lugar destacado en la conversación cultural chilena. Entre el 29 de mayo y el 17 de julio, Casa Autónoma Arte y Cultura presentó en Santiago la exposición Roser Bru, de norte a sur, una selección de 43 grabados que recorrió distintas etapas de la trayectoria de la artista catalana-chilena. La muestra ofreció una oportunidad para reconsiderar la vigencia de una producción atravesada por la memoria, la identidad, la historia y la condición humana.
Para Galería Riel, este acontecimiento resulta especialmente significativo: la galería cuenta con obras gráficas de Bru como A Madrid y Conozca España. Ambas permiten acercarse a una dimensión esencial de su trabajo: la relación entre imagen, desplazamiento y experiencia biográfica.
Una artista entre dos orillas
Roser Bru nació en Barcelona en 1923 y llegó a Chile en 1939, como parte de la diáspora provocada por la Guerra Civil Española. Su experiencia del exilio no fue un episodio aislado de su biografía, sino una matriz persistente desde la cual elaboró imágenes sobre la pérdida, la pertenencia y la reconstrucción de la identidad.
Instalada en Chile, Bru desarrolló una obra amplia que incluyó pintura, dibujo, acuarela y grabado. En 1956 ingresó al Taller 99, fundado por Nemesio Antúnez, y desde allí participó en la consolidación del grabado como una práctica central de la modernidad artística chilena. El taller no sólo fue un espacio técnico: también funcionó como una comunidad de intercambio, experimentación y discusión en torno a las posibilidades de la obra gráfica.
La Fundación Roser Bru, que conserva parte importante de su producción y archivo documental, describe un recorrido creativo que abarca desde la década de 1950 hasta la de 2010. En ese conjunto conviven preocupaciones de género, memoria histórica, literatura, política y naturaleza muerta.

El grabado como lenguaje de la memoria
Uno de los aportes más relevantes de Bru consiste en haber entendido el grabado como algo más que un procedimiento técnico. En sus manos, el buril, el aguafuerte, la aguatinta, la litografía, la serigrafía y la xilografía se convierten en herramientas para construir imágenes cargadas de tiempo.
La exposición Roser Bru, de norte a sur permitió observar esa diversidad. De acuerdo con la Fundación Roser Bru, la selección reunía obras realizadas entre 1956 y la primera década del siglo XXI, con temas asociados a la mujer, la memoria y la crítica político-social. El recorrido evidenciaba cómo la artista utilizaba la repetición, la huella y la variación propia de la estampa para insistir sobre aquello que la historia tiende a borrar.
En este sentido, el carácter múltiple del grabado adquiere una dimensión política. Una imagen que puede circular en más de un ejemplar amplía sus posibilidades de encuentro con el público. Pero, al mismo tiempo, cada impresión conserva las marcas del proceso, las irregularidades y decisiones que hacen visible la mano de la artista.
Viaje, paisaje e identidad
Las obras A Madrid y Conozca España, presentes en el catálogo de Riel, pueden leerse en relación con esa tensión entre territorio e imagen. Sus títulos evocan un país de origen, pero no necesariamente lo presentan como una postal turística. En la trayectoria de Bru, España aparece vinculada a la memoria familiar, la historia política y el desplazamiento.
Mirar estas obras desde Chile implica reconocer que el paisaje puede ser también una construcción afectiva. Madrid, España y otros lugares de su imaginario no son únicamente coordenadas geográficas: son espacios recordados, reconstruidos y transformados por la distancia. La estampa permite que ese territorio reaparezca como signo, relato y fragmento.
Una obra abierta a nuevas lecturas
La vigencia de Roser Bru no depende sólo de su importancia histórica. Sus imágenes continúan interpelando porque abordan asuntos que permanecen activos: las migraciones, la violencia política, la fragilidad de los cuerpos y la necesidad de preservar la memoria.
Su reconocimiento como Premio Nacional de Artes Plásticas en 2015 confirmó una trayectoria fundamental para comprender el arte chileno contemporáneo. Sin embargo, su obra desborda cualquier clasificación estrictamente nacional. En ella conviven Chile, España, América Latina y una sensibilidad internacional atenta a la literatura, la historia y las experiencias de quienes han debido desplazarse.
La reciente exposición de Santiago reafirmó que el legado de Bru sigue generando preguntas. Para quienes deseen profundizar en su lenguaje gráfico, es posible conocer en Galería Riel las obras A Madrid y Conozca España, dos aproximaciones a una artista que convirtió el grabado en espacio de memoria, reflexión y pertenencia.


