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Galería Riel es una galería de arte contemporáneo totalmente on line fundada por personas con mas de 20 años de experiencia en el rubro, Galería Riel nace con el fin acercar el arte al publico que no está acostumbrado a visitar galerías de arte tradicionales o quienes prefieren y se sienten mas cómodos realizando compras en linea.
Queremos ofrecer una experiencia de compra fácil e informada, entregando información relevante de cada obra, certificados de ellas y un servicio al cliente personalizado.
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Cliente feliz con su nueva obra de…

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La exposición virtual del Museo Baburizza ofrece una oportunidad para recorrer un siglo de pintura chilena y comprender la vigencia de sus lenguajes.
La exposición virtual De Lira a Bororo. Un siglo de pintura chilena en el Baburizza propone una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿cómo cambia una tradición pictórica sin dejar de reconocerse a sí misma? Disponible entre el 28 de septiembre y el 28 de octubre de 2026, la muestra reúne 24 obras organizadas en distintos núcleos de la historia del arte chileno.
Más que una cronología cerrada, el recorrido permite observar una conversación entre generaciones. Desde los grandes maestros y la Generación del 13 hasta el Grupo Montparnasse, la Generación del 40, la pintura porteña y los impulsos hacia la modernidad, el Museo Baburizza plantea un mapa de transformaciones formales, geográficas y culturales.
Una historia hecha de desplazamientos
La pintura chilena moderna no avanzó en línea recta. Sus cambios surgieron de tensiones entre tradición y ruptura, entre el paisaje reconocible y la búsqueda de lenguajes autónomos, entre la formación académica y la necesidad de mirar el mundo desde nuevas perspectivas.
En ese sentido, Pedro Lira funciona como un punto de partida simbólico. Su obra representa una etapa en que la pintura chilena buscaba consolidar instituciones, géneros y modelos de representación. Con el paso del tiempo, esa herencia comenzó a ser revisada por artistas interesados en la experimentación, la vida urbana, el color y las posibilidades expresivas de la materia.
El Grupo Montparnasse fue fundamental en ese desplazamiento. Su apertura hacia las vanguardias europeas ayudó a renovar la relación con el paisaje, la composición y la superficie pictórica. Más tarde, la Generación del 40 profundizó una sensibilidad moderna que no dependía únicamente de la descripción, sino también de la atmósfera, la síntesis y la intensidad emocional.

Del paisaje a la libertad del gesto
Uno de los aspectos más interesantes de este recorrido es que permite entender la modernidad como una transformación de la mirada. El paisaje deja de ser sólo un tema y se convierte en una estructura de color, memoria y experiencia. La figura humana también se libera de la representación literal para adquirir dimensiones psicológicas, simbólicas o afectivas.
Ese proceso encuentra una expresión especialmente visible en la pintura chilena de los años ochenta. En ese contexto, artistas como Carlos Maturana, conocido como Bororo, recuperaron el gesto, la mancha y el carácter lúdico de la imagen. Su trabajo se caracteriza por brochazos intuitivos, chorreados, colores intensos y figuras que se mueven entre lo abstracto y lo reconocible.
Esta recuperación de la pintura no significó volver al pasado. Por el contrario, implicó asumir la tela como un espacio de libertad, donde el dibujo elemental, la espontaneidad y la intensidad cromática podían convivir con una conciencia plenamente contemporánea.
Bororo y la vigencia de la pintura chilena
La presencia de Bororo en el horizonte de esta exposición resulta significativa porque permite cerrar el recorrido sin clausurarlo. Su obra muestra que la historia de la pintura chilena continúa abierta: cada generación recibe una tradición, la tensiona y la transforma.
En las obras disponibles en Galería Riel, esa energía puede apreciarse también desde la gráfica. La serigrafía conserva la potencia del color y la síntesis del lenguaje de Bororo, pero introduce además una dimensión de edición, repetición y circulación que amplía la experiencia de la imagen.
El diálogo con otros artistas de la colección, como Samy Benmayor o Matías Pinto D’Aguiar, permite comprender que la renovación pictórica de los años ochenta no fue un fenómeno aislado. Fue una sensibilidad compartida, marcada por el humor, la subjetividad, el color y el deseo de devolverle al cuadro una presencia física y emocional.
Mirar un siglo para comprender el presente
El valor de De Lira a Bororo está en mostrar que la pintura chilena no es una sucesión de estilos separados, sino una trama de continuidades y diferencias. Cada artista modifica la tradición, pero también deja herramientas para quienes vienen después.
Recorrer ese arco histórico ayuda a mirar las obras actuales con mayor profundidad. Permite reconocer cuándo una pincelada es herencia, cuándo es resistencia y cuándo se convierte en una forma de imaginar el futuro. En esa tensión se encuentra, todavía, la vitalidad de la pintura chilena.
Carlos Maturana “Bororo” — Serigrafía 28/40


La serigrafía combina precisión técnica, intensidad cromática y posibilidad de edición. Una guía para comprenderla y valorar obras disponibles en Galería Riel.
La serigrafía ocupa un lugar singular dentro del arte impreso. Su apariencia puede ser directa —colores intensos, contornos definidos y superficies limpias—, pero detrás de esa claridad existe un proceso de planificación, registro y decisiones materiales. En el arte moderno y contemporáneo, la técnica permitió que numerosos artistas exploraran la relación entre imagen, repetición y circulación.
Para quienes se aproximan al coleccionismo, comprender cómo funciona una serigrafía ayuda a mirar de otra manera las obras sobre papel. No se trata simplemente de una imagen reproducida: cada impresión pertenece a una edición y conserva las huellas del proceso artístico y técnico que le dio origen.
¿Qué es una serigrafía?
La serigrafía es una técnica de impresión basada en una pantalla de malla tensada sobre un marco. Una plantilla bloquea algunas zonas, mientras deja abiertas aquellas por donde pasará la tinta. Con una rasqueta, el impresor presiona el pigmento a través de la malla y lo deposita sobre el papel u otro soporte.
A diferencia del aguafuerte o la litografía, la serigrafía no depende necesariamente de una prensa tradicional. La imagen se construye mediante capas y pantallas, lo que permite trabajar con colores planos, transparencias, contrastes y variaciones de densidad. Cuando una composición utiliza varios colores, cada uno requiere generalmente una pantalla distinta y un registro preciso para que las formas coincidan.

La fuerza visual del color y la repetición
Una de las características más reconocibles de la serigrafía es su capacidad para producir áreas cromáticas de gran intensidad. La tinta puede quedar visualmente sobre la superficie, con una presencia física distinta a la de una impresión offset o una reproducción digital. Esa materialidad hace que el color no sea sólo un recurso descriptivo, sino también una estructura compositiva.
La repetición, por su parte, no elimina necesariamente la singularidad. Aunque las obras pertenezcan a una misma edición, pueden existir pequeñas diferencias en la presión, la cantidad de tinta, el registro o la absorción del papel. En manos de un artista, esas variaciones forman parte de la vitalidad del medio.
Cómo mirar una serigrafía
1. Observar la superficie
Conviene mirar cómo se comporta la tinta: si aparece compacta, transparente, superpuesta o levemente irregular. Las capas pueden generar nuevos tonos y relaciones espaciales que no se perciben a primera vista.
2. Reconocer la estructura de la edición
La numeración suele expresarse con dos cifras separadas por una barra. La primera indica el ejemplar y la segunda el total de la edición. También pueden aparecer las letras “P/A”, correspondientes a pruebas de artista, o indicaciones sobre el título, la firma y el año. Estos datos deben revisarse junto con la documentación de la obra.
3. Considerar el papel y la conservación
El papel es parte esencial de la experiencia. Su gramaje, textura y tono influyen en la percepción de los colores. Para conservarlo, se recomienda evitar la luz solar directa, los cambios bruscos de humedad y los sistemas de enmarcado que presionen la superficie. Un montaje con materiales adecuados y protección frente a radiación ultravioleta contribuye a preservar tanto el papel como la intensidad cromática.
La serigrafía en el arte chileno
En Chile, la técnica ha sido utilizada por artistas con lenguajes muy diversos. Su flexibilidad permite pasar de la geometría y la abstracción a la figuración, el gesto y la exploración de la imagen popular. En el catálogo de Galería Riel conviven aproximaciones distintas: desde la energía pictórica de Samy Benmayor hasta las investigaciones ópticas de Matilde Pérez y la dimensión gráfica de Eduardo Vilches.
Una serigrafía de Samy Benmayor permite observar cómo el color y el dibujo pueden conservar una intensidad espontánea dentro de un formato editado. En cambio, las serigrafías de Eduardo Vilches invitan a atender la secuencia, el contraste y la relación entre presencia y ausencia.
También es posible acercarse a la abstracción geométrica mediante una serigrafía de Matilde Pérez, o explorar la imagen figurativa a través de una obra de Carlos Maturana, Bororo. En todos los casos, la técnica funciona como algo más que un procedimiento: organiza la manera en que el artista piensa la imagen.
Una entrada accesible al coleccionismo
Por su variedad de formatos, ediciones y lenguajes, la serigrafía puede ser una puerta de entrada especialmente fértil al coleccionismo de arte. Elegir una obra implica considerar la trayectoria del artista, la calidad de la impresión, la información de la edición, el estado de conservación y la relación que la pieza establece con el espacio donde será observada.
Más que buscar una reproducción exacta de una pintura, conviene entender qué aporta la serigrafía: una imagen construida por capas, una superficie activa y una forma de hacer visible el diálogo entre creación y multiplicidad. Esa combinación explica su vigencia dentro del arte contemporáneo.
Serigrafía del artista chileno Samy Benmayor
Fuentes y referencias


La presencia de Eduardo Vilches en una nueva exposición del CNAC invita a revisar cómo su obra transformó el grabado chileno mediante síntesis, contraste y experimentación.
La actualidad del arte chileno vuelve a poner en primer plano la obra de Eduardo Vilches. Este 26 de septiembre de 2026, el Centro Nacional de Arte Contemporáneo Cerrillos inaugura Fotografía: alteraciones matéricas, una exposición colectiva que reúne a artistas de distintas generaciones y examina cómo lo fotográfico se desplaza hacia la pintura, la escultura, la instalación y otros lenguajes. La participación de Vilches en este contexto resulta especialmente significativa: su trayectoria demuestra que el grabado nunca ha sido un campo cerrado, sino una zona de tránsito entre técnicas, imágenes y formas de percepción.
Para comprender su importancia, conviene observar una constante de su trabajo: la búsqueda de una imagen esencial. Vilches ha construido buena parte de su lenguaje mediante formas reducidas, fondos contrastados y composiciones donde el vacío posee tanta fuerza como la figura. Esta economía visual no es simple austeridad. Es una manera de dirigir la mirada, de hacer que una silueta, una sombra o un fragmento corporal adquieran una intensidad casi arquitectónica.
Una nueva forma de entender el grabado
Eduardo Vilches comenzó trabajando principalmente con xilografía y, desde comienzos de la década de 1970, incorporó sistemáticamente la serigrafía. Ese desplazamiento técnico amplió las posibilidades de su obra: la matriz, la repetición y la relación entre planos de color permitieron desarrollar imágenes de gran precisión, pero también abiertas a la interpretación.
En sus serigrafías, la imagen no depende de la descripción detallada. Al contrario, parece surgir de una operación de reducción: una cabeza, una mano o una sombra pueden bastar para activar asociaciones sobre identidad, ausencia y memoria. Esta estrategia conecta su obra con una tradición moderna que entiende el grabado como un laboratorio visual, capaz de reproducir una imagen y, al mismo tiempo, transformarla en cada variación.

La serie Sombra: presencia y ausencia
La serie Sombra, realizada en 1970, es un ejemplo preciso de esta poética. Sus composiciones se organizan a partir del contraste entre zonas oscuras y áreas claras, pero el efecto no es únicamente gráfico. La sombra aparece como una forma ambigua: puede ser huella, proyección, cuerpo ausente o memoria de algo que ya no está.
En la obra disponible en Galería Riel, las tres serigrafías deben observarse como un conjunto. La secuencia introduce pequeñas variaciones y demuestra que la repetición no equivale a reiteración mecánica. Cada imagen modifica el equilibrio de la serie y obliga a mirar nuevamente aquello que parecía conocido.
El blanco y negro como decisión crítica
El uso acotado del color es una de las características más reconocibles de Vilches. El blanco y negro no funcionan aquí como una limitación, sino como una elección de concentración. Al eliminar la información cromática, el artista enfatiza el contorno, el peso de las formas y la tensión entre figura y fondo.
Esta claridad visual también explica la vigencia de sus obras. En un escenario saturado de imágenes, la reducción puede convertirse en una forma de resistencia perceptiva. Las serigrafías de Vilches no buscan imponerse por acumulación, sino detener la mirada mediante estructuras simples y profundamente calculadas.
Un legado que excede la obra gráfica
El reconocimiento institucional de Vilches se consolidó con el Premio Nacional de Artes Plásticas recibido en 2019. El jurado destacó tanto su trayectoria como su capacidad para ampliar las fronteras tradicionales del grabado. Esa valoración considera una dimensión central de su legado: durante décadas, el artista también ejerció una influencia decisiva como docente, formando a varias generaciones de creadores en Chile.
Por eso, revisar a Eduardo Vilches hoy no significa únicamente recuperar una figura histórica. Su trabajo continúa ofreciendo herramientas para pensar la imagen contemporánea: la serialidad, la reproducción, el archivo, la fotografía y la relación entre técnica y pensamiento. La nueva exposición del Centro Nacional de Arte Contemporáneo ofrece una oportunidad para observar ese diálogo desde el presente.
En sus sombras, Vilches no representa simplemente la ausencia. Construye un espacio donde la imagen se vuelve pregunta. Allí reside la fuerza de su obra y también la razón por la que sus serigrafías siguen ocupando un lugar relevante dentro de la historia del arte chileno.
“Sombra I, II y III” Serigrafías de Eduardo Vilches
Fuentes y referencias
- Centro Nacional de Arte Contemporáneo Cerrillos — “Fotografía: alteraciones matéricas” · 2026-09-08
- Ministerio de las Culturas — Premio Nacional de Artes Plásticas 2019 · 2019-09-04
- Museo Nacional de Bellas Artes — Eduardo Vilches gana el Premio Nacional de Artes Plásticas 2019 · 2019-09-05
- Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile — Eduardo Vilches · 2022-08-19
- Galería Riel — “Sombra I, II y III”


La conmemoración del Taller 99 permite revisar la historia del grabado chileno, su vocación colectiva y la vigencia de artistas como Nemesio Antúnez y Eduardo Vilches.
En 2026, el Taller 99 conmemora setenta años de historia. La efeméride no sólo invita a recordar una fecha fundacional del arte chileno: también permite observar cómo el grabado se transformó en un espacio de aprendizaje, colaboración y circulación de ideas. Fundado por Nemesio Antúnez en 1956, el taller ocupa un lugar central en la construcción de la gráfica contemporánea del país.
La celebración tiene una presencia concreta en la programación cultural. La Biblioteca Nacional presenta durante septiembre la exposición Grabados y Antigrabados, una carpeta colectiva realizada por artistas vinculados al Taller 99 y concebida en diálogo con Poemas y antipoemas, de Nicanor Parra. La muestra se suma a la donación de un ejemplar al Archivo de Gráfica Chilena, reforzando la importancia patrimonial de estas prácticas.
Un taller nacido para compartir el oficio
La creación del Taller 99 coincidió con una etapa de renovación del grabado internacional. Antúnez había conocido en Nueva York el Atelier 17, dirigido por Stanley William Hayter, y llevó a Chile una idea de taller basada en la experimentación técnica y el intercambio entre artistas. La prensa, las tintas, las matrices y las conversaciones formaban parte de un mismo proceso creativo.
En ese contexto, el grabado dejó de ser entendido únicamente como una disciplina auxiliar de la pintura. La posibilidad de producir imágenes múltiples permitió ampliar su circulación y acercarla a nuevos públicos. Esa dimensión democrática fue especialmente significativa para Antúnez, quien entendía el arte como una práctica capaz de participar en la vida cultural del país.

De Nemesio Antúnez a Eduardo Vilches
La historia del Taller 99 se construyó a través de distintas generaciones. Entre sus artistas vinculados se encuentra Eduardo Vilches, cuya obra amplió las posibilidades de la gráfica mediante una investigación rigurosa sobre el color, la forma y la síntesis visual. Su trayectoria confirma que el grabado chileno no puede reducirse a una técnica: es también una manera de pensar la imagen.
Vilches desarrolló, además, una importante labor docente. Su influencia se proyectó en talleres y escuelas, formando a artistas que entendieron la matriz, el papel y la impresión como espacios de ensayo. En sus obras, la economía de recursos convive con una gran precisión compositiva. Cada signo parece medido, pero conserva la vitalidad de una decisión manual.
En la selección de Galería Riel dedicada a Nemesio Antúnez, el aguafuerte permite aproximarse a esa tradición desde la obra de uno de sus principales impulsores. También es posible revisar la presencia de Eduardo Vilches y de Gonzalo Cienfuegos, artista asociado a la historia del taller y participante de la exposición conmemorativa de la Biblioteca Nacional.
La gráfica como memoria colectiva
Uno de los aspectos más relevantes del Taller 99 es su capacidad para unir trayectorias distintas. La carpeta colectiva, formato recurrente en su historia, pone en relación sensibilidades individuales dentro de un proyecto común. Cada artista conserva su lenguaje, pero la obra final adquiere una dimensión coral.
Ese principio explica la vigencia del taller en el presente. La exposición Tinta Viva, inaugurada en agosto en el Museo Regional de Aysén, revisa siete décadas de actividad e incorpora materiales históricos junto a producciones recientes. La muestra destaca la continuidad del grabado como práctica viva, abierta a nuevas lecturas y técnicas.
La relación entre literatura y gráfica que propone Grabados y Antigrabados profundiza esa apertura. Al traducir poemas de Parra a lenguajes como la calcografía, la litografía, la linografía y la xilografía, los artistas no ilustran simplemente un texto: lo reinterpretan desde la materia, el ritmo y la huella.
Por qué el Taller 99 sigue siendo relevante
Setenta años después de su fundación, el Taller 99 continúa siendo una referencia para comprender el arte chileno moderno y contemporáneo. Su legado se encuentra tanto en las obras conservadas como en una forma de trabajo basada en la transmisión de conocimientos, la discusión y el hacer colectivo.
Para quienes se acercan al grabado, su historia ofrece una entrada privilegiada a la relación entre técnica y pensamiento. Para los coleccionistas, recuerda que una estampa no es una reproducción secundaria, sino una obra original múltiple, resultado de decisiones materiales y poéticas específicas.
La conmemoración de 2026 permite, así, mirar el pasado sin convertirlo en una pieza inmóvil. El Taller 99 permanece activo precisamente porque su tradición no consiste en repetir fórmulas, sino en mantener abierta la pregunta por las posibilidades de la imagen impresa.
”Bañistas” Aguafuerte del artista chileno Nemesio Antúnez
Fuentes y referencias
- Biblioteca Nacional de Chile, “Grabados y Antigrabados”: exposición que conmemora los 70 años del Taller 99 · 2026-09-04
- Museo Regional de Aysén, “Tinta Viva. Taller 99, 70 años de Grabado en Chile” · 2026-08-12
- Universidad de Chile, Eduardo Vilches Prieto
- Museo de Arte Contemporáneo, Cuaderno EducaMAC sobre Eduardo Vilches

Matilde Pérez vuelve al centro de la escena con una nueva biografía
La publicación de Todavía existo. Una vida de Matilde Pérez, de la periodista Sabine Drysdale, y el reciente reportaje de Revista Sábado vuelven a poner atención sobre una figura fundamental del arte chileno: una creadora que convirtió el movimiento, la luz y la percepción en el centro de una obra radicalmente moderna.
Una artista adelantada a su tiempo
Matilde Pérez ocupa un lugar singular en la historia del arte chileno. Pintora, escultora, investigadora y docente, fue una de las principales impulsoras del arte cinético en el país. Su producción se alejó tempranamente de la representación tradicional para explorar fenómenos ópticos: ritmos geométricos, contrastes cromáticos y estructuras capaces de producir una sensación de movimiento ante la mirada del espectador.
Su paso por París durante la década de 1960 resultó decisivo. Allí entró en contacto con las investigaciones visuales de artistas como Victor Vasarely y Julio Le Parc, incorporándose a una discusión internacional que buscaba superar la imagen estática. Al regresar a Chile desarrolló un lenguaje propio, riguroso y reconocible, aunque durante años su trabajo fue recibido con distancia por una escena artística todavía marcada por criterios más conservadores.
“Todavía existo”: una vida detrás del movimiento
La nueva biografía, publicada por Ediciones UDP, reconstruye una trayectoria artística tan innovadora como compleja. A partir de archivos, notas de prensa y entrevistas a familiares y personas cercanas, Sabine Drysdale aborda tanto la obra como la personalidad de Matilde Pérez: su independencia, su sentido del humor y la persistencia con que defendió una investigación visual poco comprendida en su momento.
El título Todavía existo adquiere una resonancia especial. No solo alude a la presencia de la artista frente a los periodos de menor reconocimiento, sino también a la vigencia de una obra que hoy dialoga con el diseño, la arquitectura, la tecnología y las experiencias visuales contemporáneas.
El reportaje publicado por Revista Sábado acompaña este lanzamiento y abre una nueva oportunidad para acercarse a la dimensión humana de una artista frecuentemente descrita solo desde la geometría y el rigor. Detrás de esas composiciones exactas aparece una creadora iconoclasta que desafió las convenciones de su época y sostuvo una investigación coherente durante décadas.
Mirar una obra cinética
En las obras de Matilde Pérez, el movimiento no necesariamente está en el objeto: muchas veces ocurre en la percepción. La repetición de líneas, los cambios de color y la disposición de las formas provocan vibraciones, desplazamientos y variaciones según la distancia o el ángulo desde el cual se observa.
Por eso, mirar su trabajo requiere tiempo. Al acercarse aparecen la precisión técnica y la estructura; al tomar distancia, la superficie comienza a activarse. Esa participación del espectador es una de las claves de su legado: la obra deja de ser una imagen inmóvil y se convierte en una experiencia.
Matilde Pérez en Galería Riel
Esta renovada atención sobre su vida permite también volver a sus piezas y comprenderlas dentro de una trayectoria mayor. Galería Riel cuenta actualmente con una obra disponibles de la artista, representativas de su investigación en torno a la seriación, la geometría y la percepción visual.
- Matilde Pérez, serigrafía de 1989: ejemplar 71 de 80, firmado y numerado por la artista.
Esta pieza ofrece una aproximación directa a una creadora cuya importancia continúa creciendo. El nuevo libro no funciona únicamente como una biografía: es también una invitación a revisar el lugar de Matilde Pérez en el arte latinoamericano y a observar con nuevos ojos una obra que, décadas después de su creación, conserva intacta su capacidad de activar la mirada.
Fuentes y lecturas: Ediciones UDP: Todavía existo; Artistas Visuales Chilenos, Museo Nacional de Bellas Artes.
Serigrafía de Matilde Pérez, 1989
Serigrafía cinética sobre papel de Matilde Pérez, realizada en 1989. Firmada a mano y disponible; valor por consultar.
Disponible


La reciente exposición “Roser Bru, de norte a sur” reabre la conversación sobre una artista fundamental del grabado, la memoria y la identidad en Chile.
Durante 2026, la obra de Roser Bru volvió a ocupar un lugar destacado en la conversación cultural chilena. Entre el 29 de mayo y el 17 de julio, Casa Autónoma Arte y Cultura presentó en Santiago la exposición Roser Bru, de norte a sur, una selección de 43 grabados que recorrió distintas etapas de la trayectoria de la artista catalana-chilena. La muestra ofreció una oportunidad para reconsiderar la vigencia de una producción atravesada por la memoria, la identidad, la historia y la condición humana.
Para Galería Riel, este acontecimiento resulta especialmente significativo: la galería cuenta con obras gráficas de Bru como A Madrid y Conozca España. Ambas permiten acercarse a una dimensión esencial de su trabajo: la relación entre imagen, desplazamiento y experiencia biográfica.
Una artista entre dos orillas
Roser Bru nació en Barcelona en 1923 y llegó a Chile en 1939, como parte de la diáspora provocada por la Guerra Civil Española. Su experiencia del exilio no fue un episodio aislado de su biografía, sino una matriz persistente desde la cual elaboró imágenes sobre la pérdida, la pertenencia y la reconstrucción de la identidad.
Instalada en Chile, Bru desarrolló una obra amplia que incluyó pintura, dibujo, acuarela y grabado. En 1956 ingresó al Taller 99, fundado por Nemesio Antúnez, y desde allí participó en la consolidación del grabado como una práctica central de la modernidad artística chilena. El taller no sólo fue un espacio técnico: también funcionó como una comunidad de intercambio, experimentación y discusión en torno a las posibilidades de la obra gráfica.
La Fundación Roser Bru, que conserva parte importante de su producción y archivo documental, describe un recorrido creativo que abarca desde la década de 1950 hasta la de 2010. En ese conjunto conviven preocupaciones de género, memoria histórica, literatura, política y naturaleza muerta.

El grabado como lenguaje de la memoria
Uno de los aportes más relevantes de Bru consiste en haber entendido el grabado como algo más que un procedimiento técnico. En sus manos, el buril, el aguafuerte, la aguatinta, la litografía, la serigrafía y la xilografía se convierten en herramientas para construir imágenes cargadas de tiempo.
La exposición Roser Bru, de norte a sur permitió observar esa diversidad. De acuerdo con la Fundación Roser Bru, la selección reunía obras realizadas entre 1956 y la primera década del siglo XXI, con temas asociados a la mujer, la memoria y la crítica político-social. El recorrido evidenciaba cómo la artista utilizaba la repetición, la huella y la variación propia de la estampa para insistir sobre aquello que la historia tiende a borrar.
En este sentido, el carácter múltiple del grabado adquiere una dimensión política. Una imagen que puede circular en más de un ejemplar amplía sus posibilidades de encuentro con el público. Pero, al mismo tiempo, cada impresión conserva las marcas del proceso, las irregularidades y decisiones que hacen visible la mano de la artista.
Viaje, paisaje e identidad
Las obras A Madrid y Conozca España, presentes en el catálogo de Riel, pueden leerse en relación con esa tensión entre territorio e imagen. Sus títulos evocan un país de origen, pero no necesariamente lo presentan como una postal turística. En la trayectoria de Bru, España aparece vinculada a la memoria familiar, la historia política y el desplazamiento.
Mirar estas obras desde Chile implica reconocer que el paisaje puede ser también una construcción afectiva. Madrid, España y otros lugares de su imaginario no son únicamente coordenadas geográficas: son espacios recordados, reconstruidos y transformados por la distancia. La estampa permite que ese territorio reaparezca como signo, relato y fragmento.
Una obra abierta a nuevas lecturas
La vigencia de Roser Bru no depende sólo de su importancia histórica. Sus imágenes continúan interpelando porque abordan asuntos que permanecen activos: las migraciones, la violencia política, la fragilidad de los cuerpos y la necesidad de preservar la memoria.
Su reconocimiento como Premio Nacional de Artes Plásticas en 2015 confirmó una trayectoria fundamental para comprender el arte chileno contemporáneo. Sin embargo, su obra desborda cualquier clasificación estrictamente nacional. En ella conviven Chile, España, América Latina y una sensibilidad internacional atenta a la literatura, la historia y las experiencias de quienes han debido desplazarse.
La reciente exposición de Santiago reafirmó que el legado de Bru sigue generando preguntas. Para quienes deseen profundizar en su lenguaje gráfico, es posible conocer en Galería Riel las obras A Madrid y Conozca España, dos aproximaciones a una artista que convirtió el grabado en espacio de memoria, reflexión y pertenencia.


Una mirada a Samy Benmayor y Bororo desde la vigencia de la pintura chilena de los años 80, su impulso lúdico y su renovada presencia institucional.
Hablar de Samy Benmayor y Bororo es acercarse a uno de los momentos de mayor vitalidad de la pintura chilena contemporánea. Ambos artistas pertenecen a la llamada Promoción de los Ochenta, generación que recuperó el valor del oficio pictórico, la expresividad del gesto y una relación más libre con el color y la imagen.
La vigencia de esta mirada pudo comprobarse en la exposición Secreta Senda Descubierta, inaugurada en agosto de 2026 en el Museo de Santiago Casa Colorada. La muestra reunió 18 obras de la Pinacoteca de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, incluyendo trabajos de Samy Benmayor y Carlos Maturana, conocido como Bororo. Su propuesta permitió revisar la pintura chilena de fines de los años noventa y comienzos de los dos mil desde preguntas relacionadas con el territorio, la memoria y las formas de habitar la ciudad.
La recuperación de la pintura como gesto
Durante buena parte del siglo XX, la discusión artística estuvo marcada por la tensión entre pintura, conceptualismo, imagen política y nuevas tecnologías. En ese contexto, la generación de los años ochenta volvió a poner en primer plano la experiencia física de pintar: la pincelada, la mancha, el accidente, la velocidad y la composición abierta.
Esto no significó un regreso nostálgico a la tradición. Por el contrario, Samy Benmayor y Bororo entendieron la pintura como un campo de libertad, capaz de incorporar signos cotidianos, humor, referencias populares y elementos de la cultura visual contemporánea. La tela o el papel dejaron de ser superficies pasivas para convertirse en espacios de acción.
En ambos casos, la imagen parece construirse mientras ocurre. El resultado conserva algo de improvisación, pero también una conciencia precisa del equilibrio entre figura y fondo, saturación y vacío, narración y abstracción.

Samy Benmayor: color, escritura e imaginación
La obra de Samy Benmayor se reconoce por una relación intensa con el color y por la presencia de figuras, signos y trazos que parecen provenir tanto del dibujo como de la escritura. Sus composiciones pueden ser lúdicas y luminosas, pero esa aparente espontaneidad no elimina la complejidad de sus asociaciones.
Uno de los rasgos más interesantes de su trabajo es la convivencia entre lo reconocible y lo indeterminado. Una forma puede sugerir un personaje, un paisaje o un objeto, y al mismo tiempo permanecer abierta a múltiples interpretaciones. Esa ambigüedad permite que sus obras mantengan una relación directa con el espectador sin convertirse en imágenes cerradas.
En el catálogo de , <a href=" VI y , que muestra cómo su universo puede trasladarse a la obra gráfica conservando su fuerza expresiva.
Una generación que sigue dialogando con el presente
El interés actual por Samy Benmayor y Bororo no depende únicamente de su pertenencia histórica a la Promoción de los Ochenta. Su trabajo continúa siendo relevante porque plantea preguntas que siguen abiertas: ¿qué lugar ocupa la pintura en una cultura dominada por las imágenes digitales?, ¿cómo puede una obra ser popular sin perder densidad?, ¿de qué manera el humor y el juego permiten abordar la memoria?
La exposición de la Pinacoteca UMCE confirmó que esta generación todavía ofrece herramientas para leer el arte chileno reciente. Al reunir artistas consagrados y obras poco visibles para el público, la muestra propuso entender la historia del arte no como una secuencia cerrada, sino como un archivo que vuelve a activarse cada vez que nuevas miradas encuentran sus imágenes.
Para quienes desean profundizar en esta tradición, la <a href=" de artistas de Galería Riel ofrece un recorrido por creadores vinculados a distintas etapas del arte moderno y contemporáneo chileno. En el caso de Samy Benmayor y Bororo, sus obras permiten acercarse a una pintura que todavía conserva su capacidad de sorprender: una pintura física, imaginativa y abierta a la experiencia.
Fuentes y referencias
- Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, “Pinacoteca UMCE llega al Museo de Santiago – Casa Colorada con Secreta Senda Descubierta” · 2026-08-04
- Museo de Artes Visuales MAVI UC, archivo de Samy Benmayor y exposición Los dominios perdidos
- Comisión Nemesio Antúnez, Matías Pinto D’Aguiar y la Promoción de los Ochenta


La obra de Guillermo Núñez articula pintura, grabado y memoria histórica para transformar la experiencia política chilena en una imagen crítica y persistente.
La obra de Guillermo Núñez ocupa un lugar singular en el arte chileno del siglo XX. Su producción no se limita a una técnica ni a un estilo único: transita entre la pintura, el dibujo, el grabado, la serigrafía, la fotografía, la instalación y el arte objetual. En todos esos lenguajes aparece una misma voluntad: convertir la imagen en una herramienta de reflexión sobre la historia, la violencia y la condición humana.
Esta dimensión vuelve especialmente significativa su presencia en la exposición Construir una colección, la Muestra Regional 2026 del Museo de Arte Moderno de Chiloé. La exhibición reúne más de 60 obras de artistas nacionales y presenta parte del patrimonio construido por el museo desde 1989. Entre los nombres incluidos se encuentra Núñez, cuya trayectoria permite conectar la historia del arte chileno con las preguntas urgentes de la memoria y la representación.
Una formación entre teatro, pintura y gráfica
Guillermo Núñez se formó en la Universidad de Chile, primero en la Escuela de Teatro y luego en la Escuela de Bellas Artes. Esta doble aproximación ayuda a comprender el carácter escénico y narrativo de muchas de sus obras. En ellas, las figuras parecen actuar dentro de espacios tensos, mientras los colores, los signos y las composiciones construyen escenas cargadas de conflicto.
Durante sus viajes por Europa conoció distintas tradiciones artísticas y entró en contacto con Roberto Matta en París. Más tarde, su estadía en Nueva York durante la década de 1960 amplió su interés por la estética Pop, el lenguaje del cartel y la cultura visual de masas. Sin embargo, Núñez no adoptó estos recursos de manera meramente formal. Los utilizó para interrogar el poder de las imágenes y su capacidad para influir en la conciencia pública.

El artista como testigo de su tiempo
En la trayectoria de Núñez, la política no aparece como un tema externo a la pintura. Forma parte de su experiencia y de su manera de entender la responsabilidad del artista. Durante el periodo de la Unidad Popular participó en iniciativas culturales vinculadas al proyecto político de Salvador Allende y, entre 1971 y 1972, dirigió el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago.
Su gestión buscó ampliar el acceso al museo y acercar sus actividades a públicos más diversos. La idea de un arte conectado con la ciudadanía ya estaba presente en su propia producción: afiches, murales, exposiciones, imágenes seriadas y obras que podían circular fuera de los espacios tradicionales.
Después del golpe de Estado de 1973, Núñez fue detenido y torturado por la dictadura. En 1975 presentó la exposición Exculpturas-Printuras, que fue clausurada poco después de su inauguración. Tras una nueva detención, fue expulsado del país y vivió durante doce años en Francia. Esta experiencia marcó profundamente su obra y consolidó una relación inseparable entre creación, memoria y denuncia.
La memoria como forma visual
Una de las claves para aproximarse a Guillermo Núñez es comprender que su trabajo no ilustra la memoria: la construye. Sus imágenes recurren a cuerpos fragmentados, jaulas, objetos desplazados, contrastes cromáticos y composiciones que parecen interrumpidas. El espectador no recibe una narración cerrada, sino fragmentos que debe reunir.
En este sentido, el grabado y la serigrafía adquieren una importancia particular. Al tratarse de técnicas vinculadas a la reproducción y la circulación, permiten que una imagen salga del espacio privado y se transforme en testimonio compartido. En Núñez, la gráfica no es un soporte secundario respecto de la pintura. Es un territorio de experimentación y una forma de democratizar el acceso a la imagen.
Su lenguaje visual también evita la solemnidad. Los colores intensos, las referencias al cómic, el humor oscuro y la deformación conviven con escenas de violencia y desolación. Esa tensión impide que la obra se vuelva un documento literal. La fuerza de Núñez reside precisamente en transformar la denuncia en una experiencia visual compleja, abierta y duradera.
Una obra que continúa interrogando el presente
La inclusión de Guillermo Núñez en la Muestra Regional 2026 del MAM Chiloé confirma la vigencia de una obra capaz de dialogar con distintas generaciones y territorios. Su presencia en una colección construida desde la colaboración entre artistas, museo y comunidad permite observar cómo el arte chileno se articula también fuera de los circuitos centrales.
Para quienes buscan acercarse a su producción, una obra como la disponible en ofrece la posibilidad de contemplar de cerca ese cruce entre intensidad formal y conciencia histórica. Más que una imagen del pasado, Guillermo Núñez propone una pregunta abierta: qué puede hacer el arte cuando la memoria todavía exige ser mirada.
Fuentes y referencias
- BioBioChile, “MAM Chiloé presenta su Muestra Regional 2026 con más de 60 obras de su colección” · 2026-08-20
- Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile, “11 de septiembre – Guillermo Núñez” · 2022-09-11
- Museo Nacional de Bellas Artes, Artistas Visuales Chilenos, “Guillermo Núñez”
- Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile, “Núñez, Guillermo”

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